El lunes conocimos que Rodrigo Rato dimitía como presidente de Bankia. Aquel día las informaciones que se vertían desde los medios de comunicación eran un tanto difusas, pero conociéndose las últimas cuentas que se habían presentado a la CMNV, con una morosidad de un 28% y un agujero patrimonial enorme, todo hacía presagiar un desastre. Para comprender mejor esta situación, quizá sea mejor contar todo desde el principio.
Durante el proceso de ordenación y reestructuración bancaria, en el cual la totalidad de cajas de ahorros españolas se fusionaban debido al número insostenible de entidades existentes en nuestro país, se crea Bankia fruto de la fusión de varias cajas de ahorros, entre ellas Caja Madrid y Bancaja. El agujero patrimonial de algunas de estas entidades, en especial de Bancaja, era tan grande que se optó por dividir este banco en dos: uno, que sería el banco propiamente dicho, y otro banco malo, llamado Banco Financiero y de Ahorros (BFA), que en un primer momento era propietario del 100% de las acciones de Bankia y que aglutinaría todos los activos problemáticos, haciendo más atractivo invertir en Bankia después de su salida a bolsa.


